activamentes
8 diciembre
2010
escrito por Verónica Arias

La vida es trabajo, la familia es un trabajo de por vida y, este artículo, estoy tentada de ubicarlo en el rubro de Psicología Organizacional por lo que tiene la familia en común con la conducción de una pequeña empresa.

La materno-paternidad, localizada en familias que sostienen la convivencia de los progenitores, o no, se ve conmocionada cuando las construcciones de al menos una década (la de la infancia) formando y educando a los hijos nos ofrece a la mirada esas personitas que pronto nos superarán en tamaño.

Y no sólo eso. Nadie que no haya pasado por la experiencia puede imaginarse esa tarea titánica que implica fundamentalmente, para los padres, un permanente aprendizaje, en simultáneo con la transmisión de pautas y valores con los que se comprometen.

De hecho, fundamos axiomas en el psiquismo de nuestros hijos. Y esos axiomas comienzan a funcionar en un ser que es diferente a nosotros.

Si hay algo que es bueno en la calidad del rol materno-paternal, diría que es la capacidad de asombro.

Percibir como esos axiomas van tomado vida independiente, desarrollándose en una personalidad única y multifacética que es la personalidad que han adquirido nuestros hijos para dar respuestas nuevas a las nuevas necesidades y desafíos que la vida les presenta, nos llama al asombro.

Los padres de adolescentes son exigidos por ese nuevo ímpetu que los sorprende en sus hijos que transitaron la pubertad, de los 10 a los 13 años, con cierta calma (cuando no asomaron en esa etapa síntomas que suelen manifestarse con una modalidad depresiva).

Ese nuevo ímpetu de la adolescencia desborda en manifestaciones que convoca a las furias, con expresiones descontroladas, violencia y tensiones, cambios de humores que exigen comprensión, paciencia y tiempo.

Es el momento donde los padres pueden sentir que se les queman los libros, las hojas de ruta, es necesario encontrar la brújula.

La adolescencia de nuestros hijos debe encontrarnos jóvenes. Jóvenes de espíritu, jóvenes en el amor y jóvenes en nuestra capacidad de aprender. Porque si en la infancia los hijos han amado lo que aprendieron de nosotros, en la adolescencia querrán y estarán encantados de poder enseñarnos.

Es así que sugiero para los momentos de normal turbulencia de esa etapa (y en todo momento, diría) que es de gran ayuda para darles respuestas adecuadas, preguntarse y pensar que están enseñando los hijos en crecimiento.

Siempre, la respuesta adecuada contribuye al sostén de un “clima familiar” que brinda a los adolescentes tan hiperestimulados por un mundo exterior desopilante, la confirmación de pertenencia a un equipo que crece junto a ellos a medida que van tomando su lugar en la sociedad.

Los padres habrán de considerar la presencia de contradicciones para esclarecer el cambio en las funciones.

Hay algo nuevo en los padres de hoy, talvez desde hace un par de décadas resultan más flexibles para revisar paradigmas y adoptar nuevos. El comportamiento de los adolescentes ya no desafía a los padres como antaño, los interroga.

Interesante y exigente trabajo intelectual es para los progenitores detenerse a pensar en las palabras que traducen esa pregunta, qué es lo que les enseña el contenido del mensaje implícito en el comportamiento de los hijos y cuál es la jugada asertiva que reclaman para vivenciar un clima familiar organizador y eficiente en el desarrollo de las personas.

Los invito, queridos lectores, a compartir sus experiencias y anécdotas en el desafío permanente de construir y sostener en el día a día la gestión del hogar.

¿Qué les han enseñado sus hijos?

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