activamentes
20 marzo
2014
escrito por Verónica Arias

No es posible, para mí, tomar a las personas en tratamiento psicológico sin el formidable andamiaje que ha elaborado con rigor y precisión el edificio teórico del Psicoanálisis.

 

La amplitud con que cada especialista aloja la necesitad, la idiosincrasia y la libertad de sus clientes constituye lo peculiar de cada estilo y su adecuación a los fines de la tarea a realizar.

 

Nadie sabe de antemano cuanto tiempo demandará en cada caso el encuentro con el sentido oculto de los síntomas que llevan a la consulta y que deben ser tramitados por el lenguaje hasta la apropiación subjetiva de ese espacio – cuerpo  cedido al malestar en las neurosis.

 

Tiempo que se le paga al psicoanalista por su trabajo, por poner en  presencia su atención, por sus palabras que haciendo viable las transferencias, ponen en movimiento las pulsiones explícitas, negadas o reprimidas, dolores, frustraciones, amores, temores. Por el trabajo de la interpretación.

 

Lo arduo del tratamiento posible mediante Psicoanálisis da su recompensa en el advenimiento del Sujeto a su propia realidad. Desplegar su verdad histórica le permite repensarse e interrogarse  y – pudiendo reeditarla – apuesta a una superación, gesto que abre las compuertas de su disponibilidad emocional e intelectual.

 

La primera entrevista trae un planteo y un deseo de ayuda, un motivo de consulta que se irá desplegando en siguientes encuentros a partir de los cuales emergerá el interrogante y la dificultad del consultante, cuando las entrevistas preliminares han resultado exitosas.

 

Cuando están dadas las condiciones para el inicio del trabajo psicoanalítico se establecen los acuerdos de un contrato y el analista toma posición en la dirección de la cura.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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